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jueves, 18 de octubre de 2018

El valor de aprender a pensar

Hoy nos hemos levantado con una noticia bastante grata: la asignatura de Filosofía vuelve a ser obligatoria en Bachillerato. Puede parecer algo intrascendente, pero detrás de esto está el convencimiento de que la Filosofía es algo tan importante (como las Matemáticas o la Lengua) que no puede ser reservado solo para los que sigan un determinado itinerario académico.

Y es que, aunque comprendemos la necesidad de especializarse, la división entre "Ciencias" y "Humanidades" siempre nos ha parecido que tiene un carácter limitante. Alguien que quiere dedicarse al derecho ambiental debe tener una buena formación en ciencias, y cualquiera que se entregue profesionalmente a las ciencias puras debe tener una buena formación lingüística y humanística. Ceñirse a estereotipos sin sentido solo conduce a periodistas que cubren chapuceramente noticias en el ámbito médico o ecológico, o científicos que son incapaces de escribir sin cometer faltas de ortografía o que carecen de la más elemental cultura clásica. Además, aprender materias "fuera del ámbito propio" es un síntoma de curiosidad, inquietud intelectual e inteligencia.

¿Qué puede aportar una asignatura como Filosofía a un alumno de Bachillerato? Ni más ni menos que comprender cómo funciona el pensamiento. Descubrir cuáles han sido las respuestas que mentes muy ilustres ofrecieron a preguntas como qué es la verdad, cómo se alcanza el conocimiento o por qué patrones debe regirse la ética de un hombre. Seguramente, como nos pasó a nosotros - pues venimos de un tiempo en que la Filosofía era obligatoria; luego se quitó, y eso da qué pensar - los estudiantes estarán de acuerdo con unos, en desacuerdo con otros y encontrarán enfoques que nunca se habían parado a pensar. Y eso es bueno, muy bueno. Es de lo que se alimenta una mente crítica, madura y saludable. Hacerse preguntas y discutir respuestas es la esencia de la Filosofía, cuyo nombre, al fin y al cabo, significa "Amor a la sabiduría".





martes, 16 de octubre de 2018

El Espejo en el Espejo




Solo decir que el libro que os traemos hoy es de Michael Ende debería hablar por sí solo. Pero como nos quedaría una entrada demasiado corta y os quedaríais con la duda de qué va esta pequeña obra de arte, vamos a contaros algo más sobre él.

"El Espejo en el Espejo" es muy distinto en estilo y contenido a otros libros más conocidos de Ende, como la tierna parábola sobre el tiempo que es "Momo", el simpático cuento de Nochevieja de "El Ponche de los Deseos" o la fantasía deslumbrante y magistral de "La Historia Interminable". Ende, artista donde los hubiera, no se cansaba de probar y diversificar sus creaciones, y así, con este libro, demuestra que es también un maestro en un género totalmente distinto.

"El Espejo en el Espejo" es prosa poética, onírica, un conjunto de relatos cortos hilvanados con esa deliciosa falta de lógica de los sueños (que mientras soñamos se nos antoja tan lógica) y en los que pinta paisajes y personajes teñidos del más hermoso surrealismo. No en vano la obra está ilustrada con dibujos de su padre, el pintor surrealista Edgar Ende. Como sucede en los sueños, en las historias de este libro encontraremos elementos y objetos que nos resultan familiares del mundo de cuando estamos despiertos, pero a los que Ende ha dado una inesperada y siempre hermosa vuelta de tuerca: un Ícaro que no puede huir volando de su laberinto, un hombre hecho solo de palabras, unos novios que deben atravesar una habitación que es un desierto para encontrarse, un artista detrás de un telón que no se levanta... Las imágenes son tan variadas, sorprendentes, bellas y evocadoras como pueden ser tratándose de Michael Ende. Sin duda, un libro imprescindible, y que animamos a leer a cualquiera, conozca ya o no algo de este inimitable y genial autor.





viernes, 5 de octubre de 2018

Enseñando con sonrisas





Hoy es el Día Mundial del Docente... y también el Día Mundial de la Sonrisa ¿Casualidad? ¡No lo creemos! Aunque no hace falta ser profesor para sonreír, y hay profesores que por desgracia no saben hacerlo, un buen docente es el que lleva siempre una sonrisa en su corazón.

Sonríe porque aunque a veces se haga cuesta arriba, sabe que tiene el trabajo más bonito e importante del mundo: crear vocaciones y formar a los hombres y mujeres del futuro. Sonríe porque quiere a sus alumnos, por más que en ocasiones haya peleas y discusiones (también las hay entre los padres y los hijos que se quieren). Y sonríe porque, en el fondo, un buen profesor se lo pasa bien transmitiendo su pasión personal a otros, asombrando con nuevos conocimientos y despertando ese maravilloso "vicio" insaciable que es la curiosidad.

Por eso, aprovechando el día, queremos felicitar a todos los docentes que son felices en su trabajo, y a los que no lo son, hacerles pensar en la suerte que tienen de trabajar - como el alfarero que moldea arcilla en sus expertas manos - con la materia prima de nuestro futuro: nuestros niños y adolescentes. ¡Una sonrisa muy grande para todos ellos!