Para aquellos que decidieron caminar sin rumbo fijo y aterrizaron en un lugar como éste. Aquí tenéis vuestro sitio.
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lunes, 21 de agosto de 2023
miércoles, 24 de agosto de 2022
martes, 25 de agosto de 2015
No te lo puedes perder
La acción se sitúa en un hotel cualquiera de una ciudad sin especificar en los Estados Unidos. Allí se celebra la reunión anual de la ALA (Asociación de Libreros Americanos), en la que muchos escritores acuden a firmar libros para sus admiradores. Entre esos escritores están Darius Just, protagonista de la historia y con menos éxito del que desearía, y Giles Devore, un autor novato y tremendamente maniático con más éxito del que se merece.
Todo va bien, hasta que en la mañana del segundo día, Giles Devore aparece muerto en su bañera, aparentemente a causa de un mal resbalón. ¿Por qué entonces Darius está convencido de que ha sido un asesinato? ¿Y por qué piensa que él ha podido tener su parte de culpa?
Con el estilo ameno e inteligente que le caracteriza, Asimov nos lleva de la mano a través de la investigación que lleva a cabo nuestro improvisado e inexperto detective en una historia repleta de intriga, chismes, envidias, humor y un desenlace inesperado. ¡Hay incluso varios cameos del propio Asimov formando parte de la trama!
lunes, 8 de junio de 2015
La mirada triste del autómata
Caminando entre la multitud, miradas que van y vienen y se entretienen en quehaceres cotidianos. Muchos pasan de largo y no se detienen en aquel banco en el que te vi por última vez... ahora ocupado por enamorados que se lanzan besos virtuales o por señores de traje y corbata que esperan su autobús antes de una jornada frenética en la oficina. Tantos podríamos llamarnos autómatas, tantos parecemos programados para no salirnos de la cuadrícula diaria marcada... que cuando leemos o escuchamos noticias relacionadas con los avances en inteligencia artificial apenas nos sorprende que haya proyectos bastante evolucionados que ya han creado los primeros seres o entes humanoides (no sé muy bien cómo calificarlos) preparados y dispuestos para resolver problemas que en principio solamente podríamos solucionar las personas.
Como si de una película de Sci-Fi se tratara, parece ser que ya han creado a un robot capaz de aprender por sí solo cómo desenvolverse en muchas tareas. ¡Si Isaac Asimov levantara la cabeza seguramente aplaudiría! Pero no es precisamente un motivo de euforia, a mi juicio. Más bien es de una tristeza soslayada a la cuneta de la indiferencia, pensando que el ser humano, el hombre, se traduce en lo utilitario nada más, porque si se llegan a diseñar robots con sentimientos eso ya sí que son palabras mayores, pues ahí descansa uno de los pilares básicos para considerarnos diferentes a las máquinas.
martes, 30 de septiembre de 2014
Enigmas de sillón
No son intrépidos casos como los de Sherlock Holmes ni los complejos crímenes basados en la psicología humana de las novelas de Miss Marple o Poirot. En el afamado club de los Viudos Negros, sus miembros se reúnen cada semana en un confortable salón y, por turnos, uno de ellos plantea un curioso enigma que el resto tiene que esforzarse por desentrañar. Todo ello acompañado de música tranquila, un buen café y la amena pluma de Isaac Asimov, que una vez más demuestra que su talento no se limita a la ciencia ficción.
Si te interesa pasarte por la sede del club y medir tu inteligencia e ingenio con el caballero al que le toque exponer su caso esta semana, ¡estás invitado a unirte a los Viudos Negros!
martes, 19 de febrero de 2013
El maestro automático
Genial siempre Isaac Asimov.
Uno de sus "Cuentos Completos" desvela la verdadera Educación con mayúsculas.
¡ CUÁNTO SE DIVERTÍAN !
Margie lo anotó esa noche en su diario. En la página del 17 de mayo del 2157 escribió: “¡Hoy Tommy se ha encontrado un libro de verdad!” Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez, que cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel. Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando la leías por primera vez.
- Caray- dijo Tommy- qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para mucho más. Yo nunca la tiraría.
- Lo mismo digo- contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía trece- ¿Dónde lo encontraste?
- En mi casa- Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo- En el ático.
- ¿De qué trata?
- De la escuela
- ¿De la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela.
- Caray- dijo Tommy- qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para mucho más. Yo nunca la tiraría.
- Lo mismo digo- contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía trece- ¿Dónde lo encontraste?
- En mi casa- Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo- En el ático.
- ¿De qué trata?
- De la escuela
- ¿De la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había hecho un examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La madre de Margie había sacudido tristemente la cabeza y había llamado al inspector del condado.
Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba la caja de herramientas con perillas y cables. Le sonrió a Margie y le dio una manzana; luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera ensamblarlo de nuevo, pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con una enorme pantalla donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas. Eso no era tan malo. Lo que más odiaba Margie era la ranura donde debían insertar las tareas y las pruebas. Siempre tenían que redactarlas en un código que le hicieron aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la calificación en un santiamén. El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie.
- No es culpa de la niña, señora Jones- le dijo a la madre-. Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad. Pero el patrón general de progresos es muy satisfactorio.- Y acarició de nuevo la cabeza de Margie.
Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron al maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo. Así que le dijo a Tommy:
- ¿Quién querría escribir sobre la escuela? Tommy la miró con aire de superioridad.
- Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años.- Y añadió altivo, pronunciando la palabra muy lentamente-: Siglos. Margie se sintió dolida.
- Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo. Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió-: De cualquier modo, tenían maestro.
- Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal, era un hombre.
- ¿Un hombre? ¿cómo puede un hombre ser maestro?
- Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
- Un hombre no es lo bastante listo.
- Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
- No es posible. Un hombre no puede saber tanto como un maestro.
- Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
- ¿Quién querría escribir sobre la escuela? Tommy la miró con aire de superioridad.
- Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años.- Y añadió altivo, pronunciando la palabra muy lentamente-: Siglos. Margie se sintió dolida.
- Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo. Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió-: De cualquier modo, tenían maestro.
- Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal, era un hombre.
- ¿Un hombre? ¿cómo puede un hombre ser maestro?
- Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
- Un hombre no es lo bastante listo.
- Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
- No es posible. Un hombre no puede saber tanto como un maestro.
- Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso.
- Yo no querría que un hombre extraño viniera a casa a enseñarme. Tommy soltó una carcajada.
- Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.
- ¿Y todos aprendían lo mismo?
- Claro, siempre que tuvieran la misma edad.
- Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
- Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
- No he dicho que no me gustara- se apresuró a decir Margie. Quería leer todo eso de las extrañas escuelas.
- Yo no querría que un hombre extraño viniera a casa a enseñarme. Tommy soltó una carcajada.
- Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.
- ¿Y todos aprendían lo mismo?
- Claro, siempre que tuvieran la misma edad.
- Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
- Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
- No he dicho que no me gustara- se apresuró a decir Margie. Quería leer todo eso de las extrañas escuelas.
Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó:
- ¡Margie!¡ A la escuela! Margie alzó la vista.
- Todavía no, mamá.
- Ahora - chilló la señora Jones-. Y también debe ser la hora de Tommy.
- ¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela?- le preguntó Margie a Tommy.
- Tal vez- dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
- ¡Margie!¡ A la escuela! Margie alzó la vista.
- Todavía no, mamá.
- Ahora - chilló la señora Jones-. Y también debe ser la hora de Tommy.
- ¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela?- le preguntó Margie a Tommy.
- Tal vez- dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
Margie entró en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido ya y esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados y domingos, porque su madre decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban en un horario regular. La pantalla estaba iluminada.
- La lección aritmética de hoy – habló el maestro- se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta la tarea de ayer en la ranura adecuada. Margie obedeció, con un suspiro. Estaba pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo era un chiquillo. Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día, aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse con los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas… El maestro automático escribía en la pantalla: “Cuando sumamos las fracciones 1/2 y 1/4…” Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían.
ISAAC ASIMOV
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